Rhaerys frunció la nariz ante el olor a incienso y se preguntó, por un instante, si aquello servía realmente de algo. La voz del sanador le llegaba como un murmullo distante, apenas como un ruido de fondo frente a lo único que captaba su atención: la piel tan pálida como el mármol de Serethia, y la forma en que Liora —sentada junto al lecho— le apretaba la mano, quizá con la esperanza de que despertara.
—¿Cuánto más seguirá inconsciente? —preguntó finalmente, lo único que le interesaba saber de