Conducía lo más rápido que podía sin sobrepasar el límite de velocidad, pero sus manos temblaban sobre el volante y una presión incómoda se instala en su pecho, asfixiándolo. Cada segundo lejos de ella se sentía como una amenaza, una certeza de que algo terrible podría pasarle si no está ahí para protegerla.
Intentó calmarse, recordándose que estaba con Lia. Pero, de pronto, otro nombre cruzó su mente sin que pudiera evitarlo, repitiéndose constantemente: Kaelvar. Ante ese pensamiento, apretó el volante. Si un ser tan antinatural llegara a encontrarla, incluso Lia estaría en peligro.
Antes de darse cuenta, giró el auto con brusquedad y aceleró hacia su casa. A pesar de la velocidad, el camino parecía interminable, cada semáforo duraba una eternidad, mientras la opresión en su pecho se enrosca como serpientes venenosas, apretando más a cada minuto que pasaba.
Cuando finalmente vio la casa, frenó en seco. Saltó del auto y entró a la casa sin molestarse en cerrar la puerta tras de sí. Al