No había entendido todo lo que había dicho, pero el simple sonido de ese nombre le encendió una punzada de irritación que le quemó la garganta. Intentó ignorarlo, pero el malestar seguía ahí, afilado, clavándose profundamente como un recordatorio molesto. No soportaba la forma en que su pecho se tensaba al saber que ella anhelaba a alguien más. Alguien que si tenía derecho a estar a su lado… Alguien que si se le permitía tocarla.
Apretó los puños y se incorporó, alejándose. Era irracional, lo sabía, pero los celos se hundían en él como garras envenenadas, corroyéndolo por dentro. Cada punzada le hacía desearla más, anhelar que nadie más pudiera tocarla… que solo él tuviera ese derecho.
Pero su toque la dañaba.
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Serethia dejó escapar un quejido, encogiéndose aún más, como si el dolor la atravesara de nuevo. Verla así otra vez, bastó para sacarlo de su ensoñación; lo que sentía no importaba, no en el momento. Dio un paso hacia ella, dispuesto