Cuando quedaron solos, la tensión abandonó su cuerpo, dejándolo casi sin aire. Pero los pensamientos seguían ahí, enredándose más y más, hundiéndose en su mente como raíces venenosas que no podía arrancar. La imagen de Leo, demasiado cerca de ella, apretaba más el nudo en su pecho.
Sabía que Leo no podría hacerle daño… pero ella lo había tocado. Había tenido contacto con un humano, y lo había hecho por decisión propia.
Y, aunque en ese momento estaban solos, el simple recuerdo hacía que las serpientes venenosas en su interior se agitaran con violencia, enroscándose hasta asfixiarlo. Lo llenaban de un odio irracional hacia Leo, de un impulso por apartarlo de su lado… aunque sabía que nada de eso tenía sentido realmente.
No había podido olvidar por completo su niñez, pero no los odiaba. Jamás podría dañarlos, aunque no le agradara la insistencia de los gemelos de entrometerse en su vida. Y pese a eso… no los odiaba, aunque le resultaba absurdo cómo habían terminado aceptándolo después d