Decidida a no perder más tiempo, se incorporó con esfuerzo y recogió el desorden como pudo. Luego, se colocó lo que quedaba de su vestimenta —harapos aún manchados de sangre—, y salió del baño.
—¿Dónde está mi espada? —inquirió, apenas cruzó el umbral de la puerta.
Alec, recostado contra la pared con los brazos cruzados, alzó una ceja.
—Te molestas, finges irte, luego me obligas a decirte dónde hay un baño… y te atrincheras ahí por casi una hora. ¿No crees que merezco una explicación antes de r