Algunos minutos después, Serethia se observaba en el espejo mientras las gotas de agua descendían lentamente por su piel, como si dibujaran un mapa sobre su cuerpo.
Aún no comprendía del todo lo que había sucedido. Su cabello y sus ojos habían cambiado a tonos más comunes, más humanos. Pero la marca… la marca seguía allí. Justo sobre el hueso de la pelvis, donde, grabada como a fuego, se extendía una luna creciente invertida, apuntando hacia abajo y abrazando un círculo de luz pálida en el cent