Serethia se miró en el espejo y tiró de la tela con disgusto. La prenda le resultaba incómoda, insípida… demasiado humana. Ni los colores ni la textura le agradaban, y no entendía cómo podían considerar eso aceptable. Pero no tenía opción: su antigua vestimenta se había reducido a harapos.
Con un suspiro resignado, se dirigió hacia la salida de la habitación y se asomó al pasillo. Había pasado horas encerrada, negándose a ponerse esas ropas… y a ver al humano.
Había transcurrido ya un día desde