A veces solo necesitas que el mundo se calle.
Que los consejos de guerra, los susurros venenosos y hasta el propio eco de tus pensamientos bajen el volumen. Que la luna se esconda y te deje sola con tus monstruos. Y tus recuerdos.
Esa noche, cuando el cielo se cubrió con el velo negro de la luna nueva, supe que no iba a dormir. El aire estaba espeso, demasiado caliente para ser primavera, y mis pensamientos no paraban de girar como un tornado sin dirección.
Así que tomé una linterna pequeña, me