El fuego ardía en el centro del círculo, una lengua viva que crepitaba con la misma furia que hervía dentro de mí. Las llamas bailaban altas, proyectando sombras sobre los rostros que me rodeaban. Todos estaban allí. Guerreros, sabios, jóvenes recién transformados, incluso aquellos que rara vez abandonaban sus refugios en la montaña. Cuando la manada convoca bajo la luna nueva, no hay excusas. Solo obediencia.
Y sin embargo, mi cuerpo se sentía como una prisión. Tenso. Apretado. Como si en cual