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No sabía que el silencio también podía pesar.

El aire en la cabaña era espeso, no por falta de palabras, sino por el exceso de pensamientos que no se decían. La hoguera crepitaba como un testigo molesto de nuestra distancia, una que no medía metros, sino emociones.

Aiden estaba sentado al borde de la cama, la cabeza baja, los codos sobre las rodillas, como si estuviera esperando que algo explotara. Yo me apoyaba contra la ventana, mirando el bosque como si fuera a darme respuestas, o al menos,
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