Hay silencios que pesan más que mil rugidos. Y esta mañana, ese silencio se sentía como una soga apretada en mi garganta.
La explanada estaba repleta. Hombres y mujeres de mi manada —nuestros guerreros, sanadores, ancianos y hasta los más jóvenes— esperaban con rostros tensos, bocas cerradas, y ojos que pedían justicia… o sangre.
Magnus y los dos que lo acompañaron en su traición estaban de rodillas en el centro del círculo de piedra, atados con cadenas de plata. La luna llena aún palpitaba en