Amaneció con una quietud nueva. Una de esas que no se sienten vacías, sino necesarias. Como cuando el mar, después de una tormenta brutal, por fin se rinde a la calma y solo deja espuma suave en la orilla.
Y eso era exactamente lo que éramos ahora: espuma en la orilla. Heridos, mojados, agotados… pero aún aquí. Aún juntos.
La aldea estaba despertando con lentitud. Algunos techos seguían rotos, algunas heridas aún abiertas. Pero las manos se movían, las voces se alzaban con menos miedo, y por pr