El salón del consejo olía a incienso viejo y madera húmeda. Siempre que cruzaba sus puertas, algo dentro de mí se tensaba. No era miedo. Era memoria. Dolor heredado. Ese tipo de dolor que se acumula en los huesos como la humedad, sin que una se dé cuenta hasta que ya es demasiado tarde.
Pero hoy no era una visita de cortesía ni de obediencia. Era una necesidad. Tenía que entender por qué Aiden se había ido… y a qué clase de infierno político se enfrentaba en nombre de una paz frágil y podrida d