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Desde que Aiden empezó a alejarse, sentí que me iba quedando en el borde de un precipicio sin que nadie me tendiera la mano. Él se volvió un fantasma que habitaba la misma casa, pero cuyos ojos me evitaban como si tocarme fuera un pecado. No hacía falta que me dijera nada, porque su distancia gritaba más fuerte que cualquier palabra: se estaba yendo. Y lo peor era que no me decía a dónde ni por qué.

Cada noche, mientras él desaparecía en la penumbra, mi mente era un torbellino de preguntas y an
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