Habían pasado días.
Quizás semanas.
El tiempo, fuera del valle entre mundos, se movía como un animal herido: lento, impredecible, peligroso.
El Quebrantador no había perdido ni un instante.
Tres manadas habían caído bajo su dominio.
Tres territorios convertidos en desiertos de obediencia.
Tres templos saqueados, profanados, vaciados de secretos.
Y aun así…
Nada.
No había un solo indicio de cómo entrar al valle entre mundos.
El Quebrantador había estado torturando a una sacerdotisa anciana, una