El viento del templo golpeaba las murallas como un lamento antiguo.
Selira permanecía de pie en lo alto del balcón, observando el ejército que se extendía bajo ella como un mar oscuro.
Pero no era su ejército.
No esta vez.
Jarrión avanzaba al frente, con su figura a medias transformada, la mirada fija en el horizonte.
Los soldados lo seguían sin dudar, sin mirar atrás, sin siquiera preguntarse dónde estaba ella.
Como los acólitos obedientes de siempre.
Selira sintió un nudo en la garganta.
Toda