El silencio cayó sobre el claro como una manta pesada.
No era paz.
Era el tipo de silencio que queda después de un grito demasiado grande para contenerse.
Kaelthar sostenía a Lucian en brazos, como si cargara un cuerpo hecho de cristal.
El príncipe estaba inconsciente, pálido, con la respiración irregular.
Lyra caminaba a su lado, temblando, con las manos aún extendidas como si temiera que, si las bajaba, él desapareciera.
Evadne cerró el círculo ritual con un gesto tembloroso.
La luz rojiza se apagó.
El bosque volvió a respirar.
Pero nada estaba bien.
—Tenemos que movernos —dijo Kaelthar, con la voz ronca—. Él no puede quedarse aquí.
No pidió permiso.
No esperó aprobación.
Simplemente tomó el liderazgo, como si hubiera nacido para ello.
Lyra lo siguió sin pensarlo.
No porque confiara ciegamente en él, sino porque no tenía fuerzas para cuestionarlo.
Kaelys permanecía en silencio dentro de ella, como si también estuviera procesando lo ocurrido.
El grupo avanzó entre los árboles hasta l