El cuerpo de Lyra quedó inmóvil en el centro del templo, suspendido entre la luz quebrada y el humo oscuro —espeso como sangre seca— que aún serpenteaba alrededor de sus extremidades.
Por un instante, nadie respiró.
Ni siquiera una brizna movida por el viento se atrevía a mostrarse en el lugar sagrado.
Kaelthar retrocedió un paso, instintivamente colocándose frente a Lucian, como si pudiera juntar fuerzas con él y enfrentarse a algo que ni siquiera comprendía del todo, a pesar de haber leído acerca de aquella presencia.
Evadne quería cubrirse la boca con ambas manos, temblando, pero temía que cualquier acción que tomara la convirtiera en un blanco.
Pero Lucian, a pesar de ambos, dio un paso hacia adelante, incapaz de contener el impulso de acercarse a ella.
Si todavía estaba ahí… no… tenía que estarlo.
—Lyra… —susurró, con la voz rota.
Pero la mujer frente a él no era Lyra.
Los ojos se abrieron lentamente.
No eran humanos.
No irradiaban todos los colores.
Pero seguían sin ser de este