El humo oscuro, espeso como sangre coagulada, se arremolinaba en el centro del templo como si tuviera voluntad propia.
No era viento.
No era magia.
Era algo más antiguo.
Algo que había esperado demasiado tiempo para volver a respirar.
La figura terminó de formarse lentamente, como si disfrutara cada segundo de su regreso.
Primero, una simple sombra amorfa.
Luego, un contorno humanoide, imponente, formidable.
Después, unos ojos.
Ojos que no pertenecían a ningún ser vivo.
Ojos que parecían hechos