El humo oscuro, espeso como sangre coagulada, se arremolinaba en el centro del templo como si tuviera voluntad propia.
No era viento.
No era magia.
Era algo más antiguo.
Algo que había esperado demasiado tiempo para volver a respirar.
La figura terminó de formarse lentamente, como si disfrutara cada segundo de su regreso.
Primero, una simple sombra amorfa.
Luego, un contorno humanoide, imponente, formidable.
Después, unos ojos.
Ojos que no pertenecían a ningún ser vivo.
Ojos que parecían hechos desde lo profundo de las grietas de la luna y de sangre seca.
Ojos que reconocían a Kaelys.
Y a Lyra.
El templo dejó de “respirar”.
El silencio cayó como un manto de plomo.
Evadne se llevó una mano a la boca, incapaz de pronunciar palabra, tratando de recordar las líneas del canto antiguo que le habían enseñado para librarse de los malos augurios y destinos peligrosos.
Pero ahora, simplemente, las palabras habían escapado de su mente atormentada.
Kaelthar gruñó, transformándose parcialmente, co