El silencio en la habitación de Ronan resultaba antinatural.
Luego de su encuentro con aquel poder que emanaba del bosque prohibido, debía calmarse, recuperar sus fuerzas, y no había nada mejor para ello que una buena copa de vino.
Pero ahora había algo que lo inquietaba, algo que no podía comprender.
El fuego de los braseros no crepitaba.
Las sombras no se movían.
La Cadena Roja, siempre inquieta, siempre hambrienta, descansaba sobre su piel como un animal muerto.
Frunció el ceño.
—¿Por qué estás tan callada…? —murmuró, acariciando el brazalete vivo.
La Cadena Roja nunca callaba.
Susurraba.
Exigía.
Pedía sangre.
Había sido forjada para eso.
Para atar lo que la luna no debía volver a liberar.
Para someter el poder que alguna vez había caminado libre entre los lobos.
Para encadenar a la guardiana… o a cualquiera que osara ocupar su lugar.
Convertirla en parte de la cadena, para aplacar su poder… y para servir a sus oscuros propósitos.
Pero ahora…
Nada.
Un vacío inquietante se extendía