El silencio en la habitación de Ronan resultaba antinatural.
Luego de su encuentro con aquel poder que emanaba del bosque prohibido, debía calmarse, recuperar sus fuerzas, y no había nada mejor para ello que una buena copa de vino.
Pero ahora había algo que lo inquietaba, algo que no podía comprender.
El fuego de los braseros no crepitaba.
Las sombras no se movían.
La Cadena Roja, siempre inquieta, siempre hambrienta, descansaba sobre su piel como un animal muerto.
Frunció el ceño.
—¿Por qué es