La luz del altar se había apagado hacía apenas unos minutos, pero el templo seguía vibrando, como si aún respirara… como si se negara a aceptar que el ritual había terminado.
Lucian sostenía a Lyra entre sus brazos, con el corazón golpeándole el pecho con una violencia que no lograba controlar.
Ella estaba fría.
Demasiado fría.
No como alguien inconsciente.
Como algo que había cruzado un umbral.
Kaelthar se mantenía a pocos pasos, tenso, con los ojos clavados en ella, como si esperara que despertara convertida en aquello que solo él parecía comprender.
Evadne observaba en silencio, con las manos temblorosas, como si cualquier movimiento pudiera romper el frágil equilibrio que sostenía el lugar.
Entonces Lyra respiró.
Apenas un suspiro.
Pero suficiente para que Lucian la apretara contra sí, como si pudiera devolverle el calor solo con su cuerpo.
—Lyra… —susurró, con la voz rota.
Kaelthar dio un paso adelante.
—Déjala —ordenó—. No te corresponde. No has sido elegido. Además, no sabes lo