Las sombras que se filtraron por el umbral y las grietas del templo no atacaron.
Se condensaron.
La negrura se replegó sobre sí misma, girando como un remolino contenido.
Como si algo más estuviera controlándola.
Y detrás de esta, otra sombra adoptaba una forma conocida. Cuando la figura terminó de definirse, Lucian sintió que el aire se volvía más pesado, más denso, como si el templo reconociera al intruso.
Kaelthar estaba allí.
De pie, erguido, con la misma serenidad inquietante que siempre l