El filo frío del cuchillo se apoyó contra el cuello de Lyra antes de que pudiera reaccionar.
Un aliento áspero rozó su oreja.
Lucian se tensó al instante.
Se maldijo por no haber percibido la presencia que ahora los amenazaba.
—Finalmente te encuentro —dijo la voz, cargada de irritación—. Baja esa espada, príncipe, o abriré este tierno cuello de lado a lado.
Lyra reconoció la voz antes de que su mente pudiera procesarlo.
Evadne.
La sacerdotisa que había dicho proteger su fe.
La misma que, en su visión, había muerto por culpa de Ronan.
La misma que ahora la sostenía como si fuera una traidora.
El corazón de Lyra se aceleró.
Recordó la mirada de desprecio que Evadne le había lanzado días atrás, cuando la acusó de que su manada había robado lo sagrado.
“Tu sangre trajo desgracia”, le había dicho.
Y ahora parecía dispuesta a cobrarse esa deuda.
Lyra apretó la joya bajo su ropa.
No permitiría que nadie se la arrebatara.
Era lo único que le quedaba de su madre.
Su legado.
Su destino.
—Oh, y