En el gran salón de las ruinas del castillo en la montaña, tres figuras se reunían frente a la chimenea rota. A pesar de su estado, aún lograba cumplir su propósito: calentar la vasta habitación y proyectar sombras inquietas sobre los muros desgastados.
Las esperanzas de todos se habían renovado con la revelación de la nueva guardiana.
Hacía tanto tiempo que no surgía una, pensó Alistair, desde que el Corazón de la Luna desapareció sin dejar rastro.
Cualquier mujer con sangre Kaelys podía aspirar al título, pero todos sabían la verdad: la joya elegía.
—¡No es justo! —escupió Selira entre dientes—. Después de todo lo que he estudiado, de cada libro antiguo que he buscado, de cada leyenda que he seguido, de cada mago que he contratado… ¿y resulta que una simple aparecida encuentra el Corazón de la Luna?
—No es una simple aparecida, como insinúas—respondió Alistair con calma—. La joya siempre estuvo a su alcance, en su propio palacio. No creo que esto sea casualidad.
Bebió un sorbo de su