La sensación incómoda de que todo había sido una trampa desde el principio no se borraba de la piel de Lyra. Había muerto, sí.
Y ahora habitaba un infierno lleno de traidores y conspiradores.
Entonces, fue Lucian quien rompió en una sonora carcajada. Una risa cínica, amenazante, que llenó de curiosidad a todos los presentes en el enorme salón.
—¿Pretendes que creamos esa terrible patraña? —le dijo al mago, acusador—. ¿Sabes cuánto tiempo me tomó descubrir hacia dónde se dirigía Lyra, luego de que la sentenciaste al destierro? —lo increpó, haciendo que Alistair bufara con irritación—. Sé que tus poderes son increíbles, Alistair, pero si algo tengo muy presente es que no conoces el futuro. Tampoco sabías quién era Lyra, por ejemplo.
Alistair lo miró con seriedad, una mirada calculadora que incluso sorprendió a Lyra.
Todo se sentía confuso.
Incluso aquellos que decían ser aliados parecían sus enemigos más cercanos.
Solo una cosa le daba seguridad: la mano de Lucian sosteniendo la suya.
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