La bestia mantenía a Selira clavada contra el suelo, su garra hundida en su hombro como un hierro candente. La sangre le corría por el brazo, caliente, espesa, mientras la bruma dorada temblaba alrededor de ella, intentando reaccionar, como si dudara entre protegerla o consumirse con ella.
Selira apretó los dientes.
—No… no vas a detenerme —jadeó.
Invocó la bruma dorada.
Esta se arremolinó alrededor de su cuerpo, vibrante, chisporroteante, como un sol que intentaba nacer en medio de la oscurida