El temblor seguía recorriendo el valle como un latido enfermo cuando Lucian y Kaelthar vieron dos figuras avanzar entre la bruma rota.
Lyra.
Y Alistair.
Lucian sintió cómo el corazón se le detenía un instante, como si el mundo hubiera olvidado moverse.
Kaelthar, en cambio, apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensaron como cuerdas a punto de romperse.
—¿Qué demonios hace aquí? —murmuró Lucian, sin apartar la vista de Lyra.
Kaelthar no respondió.
Pero su mirada,