Dentro de Lyra, Kaelys se agitó como un corazón herido.
La luz multicolor que envolvía a ambas parpadeó, debilitándose, y entonces ocurrió algo que ninguna de las dos esperaba.
Una presencia descendió sobre ellas.
Fría.
Inmensa.
Antigua.
La Luna.
No era una voz.
Era un eco que vibraba en los huesos, en la sangre, en la bruma misma que las sostenía.
—No puedo intervenir —dijo, y su tono era tan vasto como el cielo nocturno—.
Unas almas tan corruptas se destruirían ante mi poder.
Lyra sintió un e