En la batalla que se libraba en el valle entre mundos, Selira caminó entre los restos de humo rojo como si paseara por un jardín recién conquistado. Cada remolino que se desvanecía a sus pies parecía inclinarse ante ella, como si la corrupción misma reconociera a su nueva dueña.
Sonrió, satisfecha, con esa sonrisa que solo aparece en los rostros de quienes creen haber vencido al destino, como si la historia misma se hubiera rendido a su voluntad.
—Finalmente… —murmuró, saboreando cada sílaba co