Selira emergió del torbellino dorado con la seguridad de quien cree haber descifrado el destino.
El aire era distinto. Más denso. Más antiguo.
No era el templo del portal.
No era el lugar donde había visto desaparecer al Quebrantador.
Era otro sitio.
Uno que no reconocía.
La bruma dorada se agitó a su alrededor, inquieta, como si incluso su propio poder dudara de aquel territorio.
Un escalofrío recorrió la piel de sus soldados.
—¿Qué es este lugar? —murmuró, frunciendo el ceño.
Su ejército apar