La lluvia había borrado las huellas del asalto y dejado charcos que duplicaban el cielo; la piedra del Santuario brillaba como si guardara lágrimas. Kaeli llegó a la plaza con la capa empapada y el peso de las últimas semanas dibujado en los hombros. Daryan la siguió, pero se detuvo junto a la fuente para hablar con Vesta, cuyos ojos nunca perdían la calma.
—Han venido emisarios —dijo Vesta sin rodeos—. No todos traen espadas. Algunos traen mapas.
Kaeli apretó el puño contra la empuñadura de su