Kaeli miró las brasas hasta que la luz se volvió tenue y el frío las obligó a levantarse. Daryan permaneció en silencio a su lado, como una estatua viva que respira. Las sombras danzaban en los rostros de los jóvenes que aún quedaban despiertos, repasando nombres como si fueran rosarios. Afuera, la lluvia fina comenzó a deslizarse sobre las losas del Santuario, un murmullo que parecía limpiar el polvo de la jornada.
—Hay que preparar las escoltas para mañana —dijo Daryan al fin—. Los lugares do