La madrugada cayó como un manto de plata sobre la bahía cuando la flota zarpó de nuevo. El juramento en la Fortaleza de las Sombras Eternas todavía vibraba en el pecho de Kaeli; cada nota del pacto parecía haberse arraigado en la savia de su sangre. Daryan caminaba junto a ella por la cubierta de la nave principal, la niña dormida en su resguardo. El viento olía a sal y a promesas recién labradas.
—Siento a la manada más cerca —dijo Kaeli, con la voz aún ronca del ritual—. Como si la Luna hubie