El sendero se adentró en un tramo de árboles más densos, tan juntos que sus copas tejían una bóveda de sombras y viento. La caravana avanzaba con cautela: las huellas de lobos corrompidos trazaban formas incompletas en la hojarasca, y un silencio reverencial cortaba los susurros del arroyo que se alejaba. Kaeli y Daryan cabalgaban en la punta, atentos al latido silente de la manada.
—Este lugar… —musitó Kaeli, señalando un claro solitario—. Lo llaman la Arboleda de los Susurros. Dicen que las