El murmullo de la sombra atravesó el claro como un colmillo helado. No era un aullido ni un suspiro vegetal: era la voz de un hombre. Un hombre que ya no estaba vivo.
Kaeli apretó el puñal contra su pecho y Daryan tensó la mano sobre la empuñadura de su espada lunar. A lo lejos, la niebla danzaba entre los troncos, como si celebrara la tensión que ambos sentían en cada latido.
—Lo oyes, Luna —susurró Daryan—. Esa no es la voz de un intruso común. Es el eco de alguien que conocimos.
Kaeli