La luna estaba alta, pero no tranquila.
Las piedras lunares vibraban con fuerza. Las raíces del jardín se movían como si intentaran advertir algo. Y los lobos guardianes, que solían patrullar con calma, corrían en formación cerrada, con los colmillos expuestos y los ojos encendidos.
Kaeli lo sintió antes de que alguien lo dijera.
La marca en su cuello ardió.
No por vínculo.
Por alarma.
Daryan apareció en el umbral de la cámara de los espejos.
—Algo se acerca —dijo, sin alzar la voz.
Kaeli se in