La noche en el Valle de Aelthorn no era como las demás.
Las lunas gemelas se reflejaban en el lago de obsidiana, pero su luz no tocaba el agua. Las raíces del bosque se habían retraído. Los cuervos no cantaban. Y en el centro del claro ritual, tres figuras esperaban en silencio.
Serenya, la matriarca del clan, sostenía el cuenco de sal negra entre sus manos. A su lado, su hija menor, Elenys, vestía el manto de iniciación. Y frente a ellas, un invitado inesperado: Tharos, emisario de los Volkov,