La luna creciente se alzaba sobre Langyan con una luz pálida, casi tímida. La marca en el cuello de Kaeli seguía brillando, pero su pulso se había vuelto irregular. No por debilidad. Por advertencia.
En la mansión Volkov, los pasillos estaban más silenciosos que de costumbre. Las criadas caminaban con pasos medidos. Los lobos guardianes patrullaban en formación cerrada. Y los espejos encantados comenzaban a mostrar imágenes que nadie había invocado.
Kaeli lo sentía.
No en la piel.
En el aire.
A