El amanecer llegó con una claridad inusual.
Por primera vez en semanas, el cielo sobre Langyan estaba despejado. No había niebla, ni sombras, ni presagios. Solo luz. Una luz dorada que se filtraba por los vitrales de la mansión Volkov, tiñendo los pasillos de tonos cálidos y revelando detalles que la noche había mantenido ocultos.
Kaeli despertó temprano.
No por inquietud.
Por necesidad.
El fuego azul que solía arder en su pecho estaba tranquilo. No apagado. En pausa. Como si el día le ofrecier