El silencio que siguió a la declaración de Daryan no fue vacío.
Fue reverente.
Los clanes reunidos en el patio central no se movieron. Las brujas de Elaren detuvieron sus cantos. Las hadas lunares descendieron lentamente, como si la gravedad se hubiese intensificado. Incluso los lobos guardianes, siempre alerta, se sentaron con las orejas bajas y las miradas fijas en Kaeli.
Ella no dijo nada.
No aún.
Solo lo miró.
A él.
A Daryan.
Y en sus ojos, no había sorpresa.
Había verdad.
*
Serenya de Aelt