Me quedé allí, hecha un ovillo en el mismo lugar donde me había dejado. No supe cuánto tiempo pasó. El suelo estaba frío, duro, y aun así no me moví. Era como si levantarme significara aceptar que Dean no iba a volver.
Las horas se estiraron de una manera extraña. Al principio lloré. Lloré hasta que me dolió el pecho, hasta que la garganta se me cerró y las lágrimas me quemaron los ojos. Después… ya no quedaba nada.
No había lágrimas.
Solo dolor.
Un dolor sordo, constante, que se me instaló en