Dean se sentó frente a mí, encorvado, con la mirada baja. Tomé su rostro entre mis manos, buscando que me mirara, pero él se negaba. Su barbilla descansaba sobre el pecho y su voz apenas salió, quebrada.
—Ha sido mi culpa… debí… debí protegerlas mejor —susurró.
Mi corazón se contrajo ante su vulnerabilidad. Lo había visto fuerte, impenetrable, incluso duro, pero ahora estaba roto, humano.
—Desde que perdí a mi padre… —dijo al fin, con la voz quebrada— sentí un vacío que creí imposible de llenar