82• Mi debilidad y mi tormento.
Había caído la noche, y todos nos encontrábamos reunidos en la sala. Observaba a mi madre —era tan extraño pensar que esa palabra ahora tenía un rostro real, una voz—. Estaba sentada junto a mi padre, hablando en voz baja con Domenica como si llevaran años conociéndose, como si todo esto fuera lo más normal del mundo. Pero no lo era. Era mi nueva realidad, una que hacía apenas unas horas parecía un sueño imposible. Estaba feliz de tenerlos a ellos conmigo, de sentir ese calor familiar que nunca