7• El precio para ser libre.
Apreté el gatillo un poco más, temblando. Mis dedos sudaban, mis ojos ardían, y las lágrimas empezaban a nublarme la vista.
—¿Cómo sabes de ella? —pregunté con la voz quebrada, odiando que sonara más desesperada que furiosa.
Dean me observó en silencio unos segundos. Su mirada era tranquila, casi estudiándome.
—Si bajas el arma —dijo al fin, con esa voz grave que me helaba la sangre—, tal vez te diga dónde está. Incluso podría ayudarte a encontrarla. No es lo que más quieres, ¿no?
Lo miré con r