En cuanto la puerta se cerró, Xander apretó el puño con fuerza. Las palabras de su investigador privado seguían resonando en su mente, como una condena de la cual no podía deshacerse:
—No hay dudas, señor. El bebé es suyo —le había dicho el hombre, luego de enviarle un documento que comprobaba el parentesco.
—Haz la prueba en otro hospital —ordenó al segundo, negándose a creerlo.
—Como ordene.
La llamada fue colgada y él lanzó su celular contra la pared, dejándolo inservible.
Luego de eso, habí