Mundo ficciónIniciar sesiónSu madre la ayudó a levantarse. Y con ese amor que solo podía tener una madre, la ayudó también a recoger los pedazos dispersos de su alma. No podía dejar de llorar mientras se vestía con manos trémulas. No tuvieron tiempo de hacer la maleta; ambas fueron echadas sin derecho a nada.
Y mientras intentaban tomar un taxi a las afuera de la mansión, no podía dejar de disculparse con su progenitora.
—Perdóname, mamá… —sujetó sus manos entre las suyas—. Perdóname por esto. Perdóname por todo.
—No es tu culpa —y aunque decía las palabras, su voz estaba algo rígida, como si no lo creyera del todo.
—Lo es. Yo no debí… nunca debí… —se atragantó con su propio llanto sin poder formular una frase coherente.
—Vayámonos de aquí, Elena. Ya tendremos tiempo de hablar de esto.
—Pero, mamá…
Ella le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio mientras se subían al auto que las llevaría a un hotel o a cualquier lugar a donde pudieran refugiarse de la tormenta —siempre habían vivido en la mansión así que no tenían casa, familia, ni ningún lugar a donde ir—.
En el interior del taxi no dejaba de retorcerse las manos. Lo que pensó que era un sueño hecho realidad, se convirtió en una pesadilla. Pero debio suponerlo, Xander era un Thorne, y los Thorne no se mezclaban con la servidumbre, mucho menos si esa servidumbre era una chica gorda y fea como ella.
Las lágrimas surgieron de nuevo con mayor fuerza y solo la voz del locutor de radio la distrajo de sus deprimentes pensamientos.
—...se recomienda extremar precauciones en las carreteras del sur —advertía—. La tormenta que azota la región es la más fuerte de la temporada; la visibilidad es casi nula y las ráfagas de viento están alcanzando niveles peligrosos...
Miró por la ventanilla confirmando el reporte del clima. Todo era gris: agua y lodo.
De repente, el taxi viró violentamente. Sintió cómo una fuerza invisible la empujaba contra la puerta. El auto derrapó, girando sobre su propio eje, y el tiempo pareció ralentizarse. Sus ojos buscaron ansiosamente a su madre. Fue un vistazo fugaz; compartieron una última mirada de miedo mientras intentaba extender su mano hacia ella, pero sin poder alcanzarla, como si estuviera a miles de kilómetros de distancia, como si el destino cruel quisiera separarlas antes de tiempo.
—¡Mamá! —el nombre se ahogó en su garganta cuando el vehículo rompió la barrera de seguridad y cayó libremente por el acantilado.
[…]
Cuando abrió los ojos de nuevo, el dolor en su cabeza le resultó insoportable; parecía haber sido golpeada con un mazo, lo cual era un pensamiento completamente ilógico porque... Se enderezó de golpe en la cama cuando lo recordó todo: el auto, la tormenta, su madre.
—¡Ay! —chilló cuando sus costillas protestaron por el brusco movimiento.
—No se mueva, señorita —susurró una enfermera, acercándose para ajustar el suero—. Ha tenido mucha suerte. El taxi quedó destrozado contra las rocas bajas. Es un milagro que esté viva.
—¿Mi... mi madre? —logró articular, a pesar del zumbido que se había apoderado de sus oídos.
«No es real. Es otra pesadilla», se decía mientras se pellizcaba al punto de querer sacarse sangre.
—Lo lamento mucho —la mujer bajó la mirada y no necesitó escuchar nada más para saber lo que significaba ese gesto. Aun así, continuó, sus palabras arrastrándola al peor de los abismos—: El cuerpo de la otra pasajera fue recuperado por la guardia costera a unos kilómetros del accidente. El impacto fue... instantáneo. No sufrió.
—¡No! —gritó, su cuerpo tambaleándose hacia adelante con demasiada fuerza.
—Señorita, cálmese.
—¡Mamá! ¡Mamá, por favor, ven! —su voz se desgarraba con cada palabra—. ¡Mamá, no me hagas esto! ¡No te vayas!
Cayó al suelo arrancándose la vía sin importarle la sangre que goteaba en el piso mientras intentaba salir de esa habitación que comenzaba a sentirse claustrofóbica. Tenía que buscarla. Tenía que verla. Necesitaba… solo necesitaba…
Una aguja se clavó en su brazo derecho, haciendo que perdiera su fuerza y todo se volviera negro de nuevo. Antes de cerrar los ojos, pensó con esa tonta esperanza que siempre la había acompañado, que quizás, cuando los abriera de nuevo, se daría cuenta de que todo esto solamente se trataba de un mal sueño. Pero, de nuevo, ¿cuándo la vida había tenido ese tipo de contemplaciones con ella?







