Los besos habían quedado atrás, aunque a Alan se le hiciera muy difícil. No veía la hora donde él pudiera caminar y comersela a besos. Caminar de su mano y cargarla en sus brazos para lanzarse junto a ella en el mar.
Después de un breve descanso, en el que solo se oía el sonido rítmico de la respiración de Alan y el goteo tenue del dispensador de agua en el rincón, Maritza se acercó con paso firme, aunque en su mirada brillaba una mezcla de respeto y expectativa.
—Hora de la camilla —dijo en vo