Los años habían pasado, pero la mansión Cisneros conservaba esa energía viva que solo tienen los lugares donde se ha amado intensamente. El jardín seguía floreciendo con la misma alegría de aquella boda, los ventanales aún dejaban entrar los rayos del sol como bendiciones diarias, y el comedor principal estaba más lleno que nunca.
Esa noche, todos estaban reunidos para la cena familiar. Era una tradición instaurada por Alan y Maritza: un día a la semana para celebrar no un evento, sino simpleme