Un par de semanas después y el amanecer se alzó silencioso sobre la mansión, tiñendo los ventanales con un resplandor dorado que parecía bendecir todo a su paso. El día de la boda había llegado. El aire tenía ese perfume indescriptible que precede a los grandes momentos: una mezcla de nervios, ilusión y fe.
Maritza contemplaba su reflejo frente al espejo, con el corazón golpeando suave, pero firme contra su pecho. El vestido blanco que llevaba no era ostentoso, pero sí hermoso. Tenía encaje en