El aire había cambiado. Ya no olía a desinfectantes ni a desesperanza. Las paredes del gimnasio de rehabilitación parecían menos grises, como si la luz tenue de las ventanas altas pudiera borrar, al menos por unos minutos, la huella del dolor. El sol de primavera se colaba con tímida calidez, dorando los bordes de los aparatos de ejercicio, acariciando el suelo con una promesa: todo podía volver a florecer.
Alan Cisneros, con el rostro empapado en sudor y el pecho jadeante, se sostenía entre la